yoshii

ESTADÍSTICAS

Los chicos y la lectura

De cada 10 chicos de nueve 9 años, 8 leen 7 cuentos de 6 páginas cada 5 meses y 4, en el mismo período, leen 3 novelas cortas, según los resultados de 2 encuestas realizadas por 1 especialista llamado Papalardo, hombre reservado, miope y galante, que iba los martes a tomar el té con masas a la casa de mi abuela, siempre vestido con un traje azul, impecable, que a mí me hacía pensar en un pingüino.

Destino de las almejas

De cada 10 almejas, 9 dejan agujeritos visibles en la superficie de la arena, 8 son atrapadas a las 7 de la tarde por manos humanas y transportadas 6 cuadras dentro de un balde con agua para ser cocinadas e ingeridas más tarde en un edificio de 5 plantas, más específicamente en la cocina de un departamento del piso 4, donde viven 3 personas, 2 de las cuales son mayores de edad y están casadas entre sí y 1, llamada Andresito, es el producto de dicho matrimonio, y tiene los dientes torcidos porque se niega rotundamente a usar aparatos, y se aburre en la playa y prefiere la montaña, pero quévacerle, Andresito: ya viajarás por tu cuenta.

SOBRE EL DESTINO, Huang Kuo-Chun.

Una cucaracha desgraciada en el amor, incapaz de sobreponerse a su tristeza, decide precipitarse en una pista de baile con la esperanza de acabar triturada bajo los pies de los bailarines. No obstante, contra toda lógica, consigue atravesar el bosque de pies y llega sana y salva al otro lado. Esta hazaña hace de ella un héroe y, en consecuencia, cumple su sueño, que era el de casarse con un cucharacho macho alemán.

Al contrario, un mosquito no tiene la misma suerte. Deprimido por un desengaño amoroso, va volando por la calle cuando repentinamente oye una hermosa música que brota de una sala de conciertos. El mosquito ingresa en el preciso instante en que cierto célebre pianista polaco pone fin a la primera pieza. La platea estalla en un aplauso y el desdichado insecto muere en el océano de manos.


Vía el blog de Eduardo Berti, quien tradujo del francés este cuento.

"22 de enero. Según oí decir hace algún tiempo, Anthony Trollope sustentaba la teoría de que era posible criar a un niño para ser novelista, tanto como para cualquier otro oficio. Sobre este principio crió —o intentó criar— a su hijo, y el joven llegó a ser granjero en Australia".

Extracto del Cuaderno de notas de Henry James (Ed. Península).

EL PROBLEMA DE LOS OSOS, Eduardo A. Gimenez

Los osos se fueron acomodando en la cueva. Había asamblea general. Al frente, sobre una roca, el Oso Ambicioso presidía la reunión. A su derecha y a su izquierda, sobre rocas más chicas, estaban la Osa Rencorosa, Ministra de Conflictos, y el Oso Calamitoso, Ministro de Desastres.

El Oso Ambicioso gruñó para aclararse la garganta.

—Como todos saben —dijo—, los osos tenemos un problema.

En la primera fila, la Osa Lacrimosa ya estaba llorando. Escondido tras un biombo, el Oso Monstruoso hizo unos ruidos que querían decir que estaba de acuerdo.

—Nuestros sabios antepasados —siguió el presidente—, el Oso Goloso y la Osa Bondadosa, ganaron prestigio, fama y trabajo en los cuentos infantiles para todos los osos, gracias a la gran idea de usar nombres con rima. Sus descendientes, el Oso Hacendoso, la Osa Hermosa, el Oso Mimoso, tuvieron vidas felices, queridos por todos. También la Osa Graciosa, el Oso Generoso, la Osa Cariñosa...

Un poco apartada, la Osa Olorosa le guiñó un ojo al Oso Apestoso. Encadenado fuera de la cueva, el Oso Peligroso rugió. El Oso Piojoso, rodeado por un espacio vacío, se rascaba la cabeza.

—Con el tiempo —dijo el Oso Ambicioso— las cosas empezaron a desmejorar. El Oso Bullicioso tuvo algunos contratiempos. La Osa Caprichosa ya no recibió tantas muestras de cariño. Y así llegamos hasta el día de hoy, en que nuestros nombres, por decirlo con suavidad, han dejado de beneficiarnos.

—Al mío lo quiero borrar de la existencia —rugió la Osa Furiosa.

—Pues los nuestros, sin embargo, son de gran valor —dijeron a coro el Oso Presuntuoso y el Oso Vanidoso.

—A mí me hicieron una verdadera chanchada —gruñó el Oso Asqueroso.

La Osa Temerosa pensó en comentar algo, pero no se atrevió.

El Oso Ambicioso pidió silencio, mientras a su derecha la Osa Rencorosa mostraba los colmillos y a su izquierda el Oso Calamitoso se caía de la roca.

—Debemos resolver el problema de los osos —dijo el Oso Ambicioso cuando pudo hacerse oír otra vez—. Y el motivo de esta asamblea es escuchar propuestas para lograrlo.


AQUÍ el cuento completo.



Diario del Huevo 12/01/2011. Última foto. La familia unida. ¿Qué estarán mirando? me pregunté al fotografiarlos. Después me distraje. Un minuto más tarde ya no estaban. Creo que no miraban nada en particular; sólo estudiaban el espacio aéreo para iniciar al pichón. Me lo perdí. El proceso duró casi exactamente un mes. La maceta vuelve a estar vacía, aunque ahora rodeada de cagaditas negras, blancas, grises.

Recuerdo una mañana en que me dirigía apurado a la escuela, pues me habían elegido como abanderado para un acto. Iba recién bañado y peinado –con raya al costado, según me había enseñado mi papá–, y con el guardapolvo inmaculado, recién planchado por mi mamá. Caminaba derechito, concentrado, muy tenso y angustiado, pues jamás había transportado ni izado una bandera, lo cual suponía un honor y una gran responsabilidad. Iba, pues, repasando mentalmente los precisos movimientos que en breve debería realizar con el estandarte patrio, cuando una oportuna y certera paloma me decoró el hombro con su tibia materia fecal, como diciendo: “Tranquilo muchacho, que no es pa tanto”.

Así que no les guardo rencor. Que sean felices. Que coman lombrices. O lo que encuentren por ahí. Adiós, amiguitas. Adiós, Diario del Huevo. Adiós.


¿qué tenés? ¿qué no tenés? ¿qué querés tener? ¿por qué? ¿para qué?
¿Da-kar o no da?


“A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil les muestro siempre mi rostro malo y duro, y no merecen otro mejor. Piensan entonces que soy un vigilante y policía de paisano, encargado por elevadas autoridades y organismos de vigilar a los conductores, tomar el número de los vehículos y denunciarlos después. Siempre miro sombrío a las ruedas, al conjunto, y nunca a los ocupantes, a los que desprecio, en modo alguno de forma personal, sino por puro principio; porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra, como si uno se hubiera vuelto loco y tuviera que correr para no desesperarse miserablemente. De hecho, amo el reposo y todo lo que reposa. Amo el ahorro y la moderación y soy contrario en el nombre de Dios en lo más hondo de mi ser a toda prisa y atosigamiento. No tengo que decir más que lo que es verdad. Y seguro que por estas palabras no dejará de haber automóviles, con ese mal olor que echa a perder el aire, y que sin duda nadie estima y quiere especialmente. Sería antinatural que la nariz de alguien amara y aspirase con alegría lo que para cualquier nariz humana como es debido es a veces, según quizá el humor de que se esté, irritante y aborrecible. Basta, y no lo tome usted a mal. Y ahora a seguir paseando. Es divinamente hermoso y bueno, sencillo y antiquísimo, ir a pie”.


Fragmento de El paseo, de Robert Walser (Ed. Siruela).

Walser murió el día de navidad de 1958 mientras daba un paseo a pie en la nieve, cerca del manicomio de Herisau, Suiza, al que había ingresado voluntariamente.


brisa en la tarde:
caricia de patas
de garza en el agua

*
el primer trino
del ruiseñor parece
caerse de una rama

*
el gorrión en un pueblo
escondido entre hojas caídas
(chaparrón de verano)

**
Haikus del poeta Yosa Buson, recogidos en el libro Alada Claridad (editorial Pre-textos, Valencia). Aquí unas palabras de su traductor al español, el argentino Alberto Silva:

"Volar implica trascender límites prefijados, viajar a velocidad de pensamiento, manejar lejanías, agigantar la percepción hasta extenderla al cosmos. Se entiende la atracción que los pájaros ejercen sobre los artistas, buscadores de horizontes lejanos. Las aves simbolizan una huida de los barrotes de la jaula. No hilan ni tejen, no guisan, no piensan. Viven sin preocuparse, pueden irse (y se van) por las ramas. Experimentan gozo al existir fuera de toda medida o cálculo. Habitan un cielo sin teorías. Los más vivos de los seres vivientes, son como ángeles.
El hombre sueña hacer cierto el intento de Ícaro. Y sólo empieza a vivir su condición terráquea cuando, a su pesar, reconoce que tal hazaña le resulta imposible. El ave se transforma en objeto de su atenta y algo nostálgica observación. Para entender de pájaros hay que pasar tiempo al aire libre, caminar por montañas y prados, ponerse mentalmente a la intemperie (en japonés, nozarashi: clave del haiku)".



Diario del Huevo. 11/01/2011. Volví de Córdoba. No vi platos voladores, pero igual la pasé muy bien. Nadé en el río, como les gustaba hacer a Tom Sawyer y Huckleberry Finn, esos vagos a los que ahora, en una nueva edición, algunos quieren hacer decir menos "malas" palabras, según leí ayer en esta nota. (Eso a pesar de que Mark Twain, el padre de los muchachos, dijo hace ya muchos años que "la diferencia entre una palabra casi justa y la palabra justa no es una pequeña cuestión; es como la diferencia entre una luciérnaga y la luz eléctrica”).

Estimo que hoy, a cientoveintipico años de su primera edición, Hucklberry Finn sería impublicable como literatura infantil. ¿La historia de un chico, hijo de un borracho violento, que deja la escuela, vive en la calle y hace un viaje en pelotas arriba de una balsa, en compañía de un negro esclavo? Imposible.

Pero bueno. También fue Mark Twain quien dijo "nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas"...

Ocupémonos, pues, del reino animal. El huevo ya no está en mi maceta. Ahora está el pichón. Ahí pueden verlo. Cada día un poco más grande. No creo que dure mucho más en el nido. Me gustaría ver su primer vuelo. El momento en que se echa al vacío por primera vez, sin experiencia previa, es decir, sin ninguna garantía de que la cosa vaya a funcionar.

¿Y yo? ¿Qué cosas haré este año que aún no hice nunca? ¿Qué riesgos me atreveré a tomar? ¿Qué saltos sin red daré para mantenerme vivo, realmente vivo y despierto?

punch!


A fines de 2010 estuve conversando con los chicos de una escuela en Berazategui. En algún momento hablamos de música. Me dijeron que ya no tenían esa materia en la escuela. El año anterior habían dejado de dictarla. Entonces me acordé de aquella espantosa fábula en la que una hormiga trabajadora amonesta a una cigarra cantora.
Hoy murió María Elena Walsh, quien compuso, entre tantas otras excelentes cosas, esta hermosa canción.






Diario del Huevo. 27/12/2010. Como pueden ver, conseguí una camarita. Entretanto, el huevo no se frió. ¿O se dice fritó? En cualquier caso, ajeno a las dudas gramaticales, a la inclemencia de este sol tremendo y a los balances de fin de año, el pichón sigue evolucionando bajo esa cáscara blanca. (En la foto el huevo no se ve porque, precisamente, está debajo de su padre -¿o es la madre?-, a quien por otro lado no quiero importunar con mis aires de improvisado paparazzo).

¿Nacerá el primer día del año próximo? ¿Y ustedes? ¿En qué andan? ¿Nadan? ¿Y Adán? ¿Y Dana? ¿Y Ana? Yo termino de preparar mi bolso para partir de BA, esta noche, hacia un lugar más tranquilo, verde y silencioso. Un lugar en la provincia de Córdoba donde, dicen, no solo vuelan pájaros, sino también OVNIS. Por las dudas llevo la camarita.

Les deseo a todos un muy feliz 2011, estén donde estén.



PAPA NOEL

Laura, Damián y yo conversábamos en el patio, sentados alrededor de la mesa. Ya habíamos terminado de cenar, pero todavía nos quedaba lo más rico: el pan dulce, el turrón y el helado. Hacía calor, pero no tanto. Soplaba un viento suave que traía, entreveradas, risas y músicas de casas vecinas. Aunque faltaba un rato para las doce de la noche, cada tanto se oía a lo lejos el estruendo de un petardo.

Me acordé de las navidades de mi infancia. Mientras mi papá y mi tío contaban chistes malísimos y mi hermana le quitaba las frutas abrillantadas al pan dulce, mi primo y yo trepábamos al gomero del jardín. Nos gustaba sentarnos en esas ramas gruesas y ver desde ahí los fuegos artificiales que inundaban el cielo del barrio.

–Qué suerte que a la tarde llovió, ¿no? –dijo Laura, ahora–. Se puso lindo.

Era cierto. No había ni una nube y las estrellas brillaban como si las hubieran lavado con agua y jabón.

–¿Qué hora es, Dami? –le pregunté a mi hijo.

–Las doce menos cuarto –dijo él, sin levantar la vista de su teléfono celular. Se estaba mandando mensajes con algún amigo.

–¡Uh, falta muy poco para que llegue Papá Noel! –dije, guiñándole un ojo a mi esposa–. Voy al baño y vuelvo.

Fui hasta mi dormitorio, abrí el ropero y saqué el brillante traje rojo, el gorro con el pompón, las botas y la barba postiza. Uso el mismo traje desde que Damián tenía dos años. Lo compré en oferta en una antigua tienda de disfraces de Villa Luro, cerca de mi trabajo. Desde entonces ya pasaron varios años y la barba se ha puesto un poco amarillenta, pero el traje se conserva muy bien. Después de todo lo uso apenas un ratito en nochebuena.

Me vestí con cuidado y me puse un almohadón sobre la panza, debajo del saco, para parecer más gordo. Después busqué los regalos que había escondido debajo de la cama y los metí en una bolsa. Me miré en el espejo del ropero, me enderecé la barba, y salí a la calle por la ventana del dormitorio.

La vereda estaba casi desierta. Un gato negro se lamía la panza con gran concentración, sin sospechar la batería de ruidos y colores que estallaría unos minutos más tarde.

Entré a casa por la puerta principal. Sabía que Damián, como todos los años, estaría espiando a la distancia, esperando ese momento con una mezcla de fascinación, temor y sorpresa.

Avancé por el pasillo, entré al living en puntas de pie. Las luces parpadeantes del arbolito pintaban las paredes de tonos suaves y cambiantes. Me acerqué y empecé a dejar los regalos al pie del árbol que Laura, Damián y yo decoramos con serpentina, estrellas plateadas, bolas de brillante plástico rojo y dorado.

Entonces, como suponía, vi a mi hijo con el rabillo del ojo. Me espiaba desde la puerta que daba al patio, unos metros más allá.

–Papá –dijo de pronto–, no hace falta que te disfraces más. ¡Ya sé que sos vos!

Eso me tomó por sorpresa, pero decidí continuar y terminar mi misión en silencio. No pensaba hacerle las cosas tan fáciles. ¡Que le quedara la duda, al menos!

Acomodé los regalos. A Laura le compré zapatos con taco, para bailar tango. A Damián una remera, y también un pedal de guitarra eléctrica que él me pidió un montón de veces, porque ahora formó una banda de rock con sus amigos. (La banda se llama Los Enanos Zombis. Aún no tuve el gusto de escucharla). El último regalo era el mío: un libro de Charles Dickens, uno de mis autores favoritos.

Cuando terminé, dije con la voz más grave que pude:

–¡JO JO JO! ¡Feliz navidad!

Después me incliné, saludé a Damián con una reverencia, y volví a salir a la calle por la puerta principal.

¡Qué cosa, cómo pasa el tiempo!, pensé. ¡Como cambia todo! ¡Mi hijo ya es grande! ¡Ya no cree en Papá Noel!

En la vereda, antes de entrar otra vez a mi cuarto por la ventana, oí campanitas y como una risa que arrastraba el viento. Levanté la vista. Un majestuoso trineo tirado por renos surcaba el cielo. Iba cargado de regalos y lo conducía un señor gordo con una barba muy blanca. Llevaba un traje parecido al mío, pero mucho, mucho, mucho más hermoso.


Publicado en la revista Billiken, diciembre 2010.




TRASPASO DE LOS SUEÑOS, Ramón Gómez de la Serna

De pronto, dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado ya a ser una proyección obsedante en las paredes de su alcoba.
Descansado y tranquilo, en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba.
Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar, y escuchó su incumbencia:
—Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.
—¿Y en qué lo ha podido notar?
—Como vecinos antiguos que somos, sé sus costumbres, sus manías y sobre todo sé su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar... Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver...
—¿Pero cómo ha podido pasar eso?
—Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya . . .
—¿Y qué cree usted que podemos hacer?
—Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.
Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días, los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.


Vía Tam Tam encontré este video. Forma parte del hermoso proyecto IMAGINANTES, de José Gordon, que se transmite por la televisión mexicana. Se trata de videos animados, muy cortitos, elaborados en torno a ideas, sueños y palabras de artistas y pensadores como Jorge Luis Borges, Carl Jung, Federico Fellini, George Steiner, David Lynch o Gabriel García Márquez. Según las palabras de Gordon, la intención es “mostrar esos instantes dentro de la creación de un gran escritor o cineasta, o dentro de la reflexión que tienen acerca de su trabajo, en la cual se les ve con el foco encendido. Imaginantes muestra algunas historias que están detrás de cómo se da ese proceso creativo y cómo se da el contagio de la imaginación”.

Acá se puede ver la serie completa.


Canta Wapner

Sábado 18 de diciembre a las 19 hs.

Espectáculo musical. Entrada gratuita

David Wapner, poeta, autor de libros para chicos y cantautor argentino radicado en Israel, cantará canciones de su más reciente repertorio, incluidas en sus ábumes en vivo "Frontera en directo" (Zaragoza, 2007) y "Wapner LivEuzkadi" (País Vasco, 2009), y de su disco grabado en estudio "Pequeñas canciones de la Gaturbe", que integra el libro-álbum para chicos ideado junto a Ana Camusso, "Pequeña Guía de la Gaturbe" (Ediciones del Eclipse, 2009) y cuyos dibujos, de Ana Camusso, serán proyectados en simultáneo con las canciones. Wapner también estrenará su versión cantada de su clásico "Canción decidida" y leerá poemas y textos de libros inéditos.

Músicos invitados: Coco Clavel (guitarra), Carlos Viggiano (bandoneón) y Roberto "Monito" Viera (percusión).

En EChuNHi Avenida del Libertador 8465. Ciudad de Buenos Aires


ESTACIONES

Pánico

Lam bajó del subte en la estación Pánico. No era la estación a la que se dirigía, pero venía leyendo, se distrajo, y cuando quiso volver a subir era tarde: las puertas estaban cerradas, el subte se ponía en movimiento. El otro pasajero además de Lam que había bajado en esa estación corría hacia la salida soltando escalofriantes alaridos. A Lam se le erizaron los pelos de la nuca. Miró para todas partes. No podía moverse. "Es lógico", pensó, "soy presa del Pánico". Este razonamiento lo serenó durante un segundo. Al segundo segundo, la negra nube del Pánico había oscurecido otra vez su entendimiento. Tembló, se le puso la piel de gallina, le castañetearon los dientes. No supo si correr hacia la salida que tenía a la derecha o a la de la izquierda, si saltar a las vías y cruzar el andén o encerrase en el baño. Apretó los puños. Gritó como nunca antes, con toda la fuerza de sus pulmones. En ese momento, una nueva formación entraba a la estación Pánico. Cuando se abrieron las puertas, Lam se arrojó dentro y pronto su respiración comenzó a serenarse. Los aullidos de la única persona (una viejita) que había descendido en aquel lúgubre andén fueron quedando atrás, confundidos con el chirriar de las vías y el traqueteo del subte alejándose.


bombo!
Diario del Huevo. 16/12/2010. Hoy, harto de sudar, encendí el aire acondicionado. La torcaza estiró el cuello y se quedó un rato así, prestando atención. Después volvió a su posición habitual. Eso fue todo. Ningún problema. Supongo que estos bichos están tan acostumbrados a la ciudad, a sus ruidos y su confusión, tanto como nosotros. Aunque yo, si pudiera volar, ya me hubiera ido hace rato a un lugar más tranquilo, verde y silencioso. (Veremos si lo consigo andando).

Pan-tuflas. Para usar hasta que agarren olor a queso, y luego comer. (Se desaconseja su uso en espacios abiertos para no tentar a palomas ni ratones).

Diario del Huevo. 15/12/2010. Anoche mi amigo el avistador de aves no pudo venir (una pena, porque había comprado salamín, queso y vino blanco para compartir). Tampoco conseguí la cámara. Pero algo pude averiguar vía Internet, mientras daba cuenta del salamín.

Estoy casi seguro de que el pajarito es una torcaza. La torcaza es una de las casi trescientas especies de palomas que hay en el mundo. Al parecer es muy usual que aniden en balcones y patios. Son monógamas y casi siempre ponen dos huevos. (En mi maceta, por ahora, sólo hay uno). De la incubación se ocupan tanto el padre como la madre. La hembra incuba de noche y el macho de día, durante unos dieciocho días. Cuando nacen, las crías permanecen en el nido un par de semanas.

Como tiene algunas plumas apenas adheridas al cuerpo, cuando un ave de presa intenta atrapar a la torcaza, ella se deshace de esas plumas superficiales, y así zafa. Ese es su pícaro método de defensa, en el que encuentro cierta sabiduría digna de imitar. De alguna manera me recuerda a las clases de Judo que tomé entre los once y los doce años.

Por lo demás, es bastante aprensiva: anoche, cada vez que me acercaba un poco a la ventana, mi torcaza huésped salía volando hasta un alero cercano, para volver cuando yo me retiraba. Después, en algún momento, ella abandonó el nido y no regresó. Entonces me fui a la cama. Mientras yo nadaba hacia el país de los sueños, la torcaza sobrevolaba el barrio en busca de alimento. Ahora el macho está de nuevo acá, espiándome siempre con su pequeño pero potente ojito negro.


Diario del Huevo. 14/12/2010. Esta mañana llegó el pajarito a incubar su huevo. No es un gorrión ni una paloma. Tampoco un avestruz ni un pterodáctilo. Es gris, más bien pequeño –más grande que un gorrión, más chico que una paloma–. Tiene la cabeza muy redondeada y "pelada". La cola es mediana, tipo penacho. Esta noche vendrá a mi casa un amigo que, según mencionó una vez, solía practicar avistaje de aves. (Debo recordar preguntarle cómo llegó a iniciarse en esa disciplina tan poco urbana). Quizá él tenga idea de qué pajaro es este que ahora miro y me mira (él de perfil, con un ojito muy negro). Aunque hay que ver si esta noche el pájaro sigue ahí o no (¿a dónde irá?). Me doy cuenta, con cierta vergüenza, que no sé nada de nada sobre la vida de las aves.

Una cosa me inquieta. La maceta-nido está apoyada sobre el motor del aire acondicionado. ¿Qué va a pasar cuando lo encienda, cosa que necesariamente haré antes de que nazca el pichón?

Numerosos interrogantes.

Mientras tanto, intentaré conseguir una cámara de fotos para ilustrar este "Diario del huevo".

Diario del Huevo. 13/12/2010. Detrás de una de las ventanas de mi casa tengo dos macetas con tierra seca, donde ya no crece nada. Una maceta es verde y la otra marrón. Están apoyadas sobre el motor de un aire acondicionado. Dejé de regarlas hace tiempo, el día en que una amiga, queriendo abrir la ventana, tiró con fuerza del pomo y lo rompió. Como las ventanas son antiguas y yo, para ciertas cosas, tengo muy poca iniciativa, el mecanismo sigue roto desde entonces (estamos hablando de dos años atrás). Es MUY PROBABLE que pronto lo haga arreglar. Mientras tanto, trato de abrir y cerrar poco la ventana, porque es complicado. (Tengo que usar un destornillador, o algo parecido).

La cuestión es que esta esta tarde vi a un pájaro adentro de una de esas macetas (la verde). Cuando me acerqué, salió volando. No llegué a ver si era una paloma, un gorrión, un avestruz o un pterodáctilo. Pero en la maceta había un huevito muy blanco, del tamaño de una peladilla. Y también dos o tres ramitas secas. Hasta ahora el pájaro no ha vuelto. ¿Lo hará? ¿Nacerá algo de ese huevo? Por lo pronto, entre tantas cosas horribles vistas y oídas en estos días, lo tomo como un buen augurio para el año que está por comenzar. ¿O será una señal de que debo abrir una cuenta en Twitter?



Guy Robot! Simpáticas criaturas armadas con piezas de desecho industrial.


PUNCH!


LA CABEZA, Wimpi

Dicen los entendidos que aquellos seres o cosas con los que habemos relación más frecuente, son sólo los que llegan a tener numerosos nombres para señalárseles.

El elefante, por ejemplo, al que ve uno, de tanto en tanto y sin estrechar vínculos, quedó con ese solo apelativo.

En cambio el cerdo, debido a su proximidad, a su domesticidad, al menudeo de su trato, es llamado tanto cerdo, como puerco, cochino, verraco, marrano, cochi, chochan, y chancho. Además del nombre propio del vecino.

El sofá, que no es un mueble de confianza –no estando de novio, de visita o esperando al dentista, por lo general se le pasa de largo–, es sólo el sofá para todo el mundo.

A la cama, antes bien, o sea la meta más popular que se conoce, le llaman: cama, lecho, tálamo, catrera, sobre, y quienes gustan de exhibir su riqueza de idioma –que nunca faltan– hasta apolilladero.

Con la cabeza, empero, se desmiente esa como regla, porque es la parte del cuerpo que menos domesticada tiene el tipo. Y, sin embargo, es a la que más apodos se le han puesto: coco, azotea, melón, sesera, bóveda, mate, croqueta, capocha, altillo.

La cabeza se emplea, hoy en día, casi exclusivamente en hacer goles y negocios.

Para hacer goles de cabeza hay que agarrar a la pelota al vuelo.

Para hacer negocios con la cabeza hay que agarrar al vuelo a un socio.

El gol hecho de cabeza, empieza con un pase que le hacen al que espera la pelota y termina con un cabezazo que el arquero nunca espera.

El negocio hecho con la cabeza, al contrario, empieza con un golpe que le dan al que esperaba los billetes, y termina con el pase de los billetes al que los vigilaba para atajarlos. Vale decir: empieza con uno que pone la cabeza y otro que pone la plata; y termina cuando se agarra la plata el que puso la cabeza, y se agarra la cabeza el que puso la plata.


EL TOBOGAN Y EL PERRO, David Wapner


A la resbalada en otro tiempo le decían “tobogán”.

El tobogán de la plaza Bulgaria tenía noventa y ocho resbaladores por día.

Uno de ellos era Rebeca, una niña inolvidable.

Me acuerdo como si fuera hoy; en realidad me acuerdo de lo que me contó Rebeca hace años.

Ella me dijo que, luego de jugar con las hamacas, decidió subir al tobogán. El de la plaza Bulgaria era alto y pintado de rojo, pero por lo demás, no muy diferente al resto.

Entonces, Rebeca ascendió la escalera, peldaño por peldaño, con paso seguro, como toda una experta. Se acomodó en la plataforma, se sujetó de los pasamanos, tomó impulso y se lanzó.

A pocos centímetros el trayecto, un semáforo en rojo la hizo detener.

Aguardó paciente, mientras pasó un camión con acoplado.

Ni bien la luz cambió a verde, Rebeca reanudó su marcha.

Por poco tiempo: un cartel advertía “DESVÍO A LA DERECHA, SENDERO EN REPARACIÓN”.

Giró, pues, a la derecha, e ingresó por un camino oscuro y lleno de pozos.

Habrá hecho dos cuadras, cuando tuvo que frenar: un perro enorme se le interpuso. Era negro, con los ojos rojos. Hablaba:

–Niña Rebeca: no podrás pasar.

Los ojos de Rebeca se llenaron de lágrimas. Tomó coraje y le dijo:

–¿Por qué, si sólo estoy jugando?

Un descomunal ladrido sonó como un trueno:

–No podrás pasar… A menos.

–¿A menos qué?

El perro se sentó sobre sus patas traseras. Dijo, más tranquilo:

–A menos que repitas lo que quiero que digas.

Rebeca sacó un pañuelo de papel y se secó los ojos:

–¿Qué quiere que diga?

–Nada difícil.

–Está bien. Luego, ¿me dejarás ir?

El perro movió la cola:

–Por supuesto.

–Entonces, adelante.

Ahora el perro se paró en sus cuatro patas:

–Muy bien, repite esto: “Los perros no cantan”

–“Los perros no cantan”.

–Perfecto. Ahora: “Los perros no hablan”.

–“Los perros no hablan”.

–¡Excelente! Por último: “Los perros siempre dejan pasar a las niñas, porque son galantes y educados”.

–“Los perros siempre dejan pasar a las niñas, porque son galantes y educados”. ¿Está bien?

–¡Magnífico! Ahora sí, podes pasar. Que tengas un buen viaje.

Rebeca agradeció y continuó su viaje.

Resbaló otro techo por aquel tramo oscuro, hasta que un cartel le advirtió: “FIN DEL DESVÍO”.

Retomó entonces el tobogán principal, por el que resbaló sin incovenientes hasta el arenero.

Allí la esperaba yo.

Me dijo, sin que yo pudiese entender bien: “¡Los perros siempre dejan pasar a las niñas, porque son galantes y educados!”.

Y me contó esta historia.


Cuento publicado en Algunos son animales (Ed. Norma, 2003).


El viernes pasado, el FILBA organizó una “toma literaria” de la plaza Armenia y me invitó a leer un fragmento de Hugo Besugo y el misterio del perro salchicha. Junto a mí, dibujando, estuvo el gran Fernando Calvi, ilustrador del libro. También estuvieron las chicas superpoderosas de la editorial Norma: Natalia, Daiana y Paulina. Mi lectura terminó con una inesperada explosión de fuegos artificiales, cuyo milenario e imperecedero atractivo dispersó al auditorio en pocos segundos. Eso me permitió quedarme con uno de los dibujitos de Fernando, que ahora está pegado en mi pared... (el dibujito, digo, no Fernando, que seguramente prefiere estar haciendo otra cosa. Además una vez intenté pegar a un amigo –Darío– en mi pared, y al rato se despegó y se fue de nariz al piso, y se le aflojó un diente, y desde entonces no me habla. Darío, si lees esto llamame. ¡Te pido perdón!).


LOS ESCLAVOS, Jacques Sternberg

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Incluido en Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg (La Compañía, 2010).


"¿Lo has visto? Probablemente no, porque entonces estarías muerto".
Encontrado acá.


DOS CUENTOS CHINOS


Velocidad

Un hombre caminaba lentamente bajo la lluvia.
Un transeúnte apurado le preguntó:
—¿Por qué no caminas más rápido?
—También llueve adelante —contestó el hombre.


Montañas

En un lugar de Oriente había una montaña muy alta que tapaba con su sombra a una aldea y, por la falta de sol, los niños crecían débiles y raquíticos.
Un día, el aldeano más viejo tomó una pequeña cuchara y salió del pueblo. Los que lo veían pasar le preguntaban:
—¿Adónde vas, anciano?
—Voy a la montaña.
—¿Y a qué vas?
—Voy a moverla.
—¿Y con qué la vas a mover?
—Con esta cucharita.
—¡Ja ja ja, nunca podrás!
—Sí, nunca podré, pero alguien tiene que comenzar a hacerlo.


PIEDRAS

Ávido de misterios, Martincito caminaba por la Zona cuando vio una piedra con la forma exacta de un sapo. La levantó. Abajo había un sapo.

–¡Un batracio! –exclamó Martincito.

–Un sapo –respondió el animal, estirando las patas y visiblemente aliviado del peso que acababan de sustraerle.

–¿Qué hacía debajo de esa piedra? –preguntó Martincito.

–No mucho. Como comprenderá, no...

–¡Se escondía! –lo interrumpió Martincito, ávido aún de misterios.

–Sí, me escondía. De su tía –dijo el sapo, irónico–. Ahora, si me disculpa…

–¿Conoce a mi tía? –preguntó Martincito, aprensivo. A su tía no le gustaba ni medio que fuera a caminar solo por la Zona.

–No la conozco. Pero rima con “escondía” –dijo el sapo, estudiando el cielo–. Ahora por favor...

–¿Podría decirme de quién se escondía? –lo interrumpió Martincito.

–¿Pero usted es policía?

–Otra vez con lo de la rima.

–No, no –dijo el sapo–. Es que hace tantas preguntas. ¿No se da cuenta de que estamos en peligro?

–¿En peligro? ¿Qué peligro? –preguntó Martincito.

Pero no obtuvo respuesta, porque el sapo se alejó dando tres largos saltos, justo en el momento en que caía desde el cielo una gran piedra sobre Martincito, con la forma exacta de Martincito.

Si querés ganar fabulosos premios, ESTA es la página. ¡No esperes más!

Belleza y felicidad. Acá hay una versión de Peter Gabriel.

Blue Book Group es una iniciativa de los hermanos Ali y Hassan Hamekan, ilustradores iraníes que crearon el grupo, en el que invitan a participar a ilustradores destacados del mundo de la literatura infantil. Esta es la 2da exposición que realizan. Inaugurada en Irán, ya pasó por los Emiratos Árabes, Japón y España. Ahora llega al Museo de los Niños/Abasto en Buenos Aires, coordinada por Claudia Degliuomini.

Los artistas argentinos participantes realizarán las siguientes actividades:

*Sábado 13 de Noviembre, 17.30 hs. Taller para niños a cargo de María Paula Dufour

*Sábado 20 de Noviembre, 17.30 hs. Presentación a cargo de Istvansch

*Sábado 27 de Noviembre, 17.30 hs. Teatro de papel por el Club Argentino de Kamishibai con obras de: maSao y Natalia Méndez / Renata y Delius Lozupone / Laura y Susana Szwarc / Natalia Méndez y Claudia Degliuomini


¡Siempre hay tiempo para una foto!

Julmar, Guem y Parcino son enviados a investigar Camarjali, un mundo que se niega a parecerse a los otros. La misión es hacer un mapa del terreno. Para eso, Julmar hace agujeros en el suelo y a través de ellos llegan a otros puntos del planeta. Guem hace las mediciones necesarias y carga la información en la computadora. Y Parcino compone canciones.
Al principio, el paisaje es uniforme y monótono, pero pronto comienzan a encontrar cambios, incluso en lugares en los que ya estuvieron. Lo único sorpresivo en Camarjali es no recibir sorpresas.

¿Cuánto se parece a nuestros deseos eso que llamamos realidad? ¿Entre cuántos y cómo la imaginamos? ¿Quién es nosotros?

Un libro extraordinario, inteligente y bello, para cualquier edad, de Eduardo Abel Giménez.


Dibujo de Pablito, quien también ilustró algunos textos que escribí bajo el título ASÍ QUEDA DEMOSTRADO. Estos, por ejemplo:


Si la luna fuera de queso, los ratones habrían viajado allí antes que los hombres, y después los gatos –persiguiendo a los ratones– y luego los perros –persiguiendo a los gatos–.

Pero cuando el primer hombre –¿persiguiendo qué?– pisó la luna, dio un paso y después otro, y vio que allí no había ni ratones ni gatos ni perros. El hombre estaba solo, muy solo, entre piedras, cráteres y un cielo infinito alrededor.

Y eso demuestra que la luna no es de queso.

*

Si los gatos negros trajeran mala suerte nadie los querría, y ellos se harían pasar por otros animales para que nos los reconozcan. Se disfrazarían de perro, de mono, de cocodrilo, de gallina. De noche, cuando todos duermen, se reunirían en los techos a contarse las aventuras el día. Y al amanecer volverían a ponerse sus disfraces de perro, de mono, de cocodrilo, de gallina.

Pero los gatos prefieren estirarse, estar al sol y sentir el viento en los bigotes antes que ponerse a coser, tejer, cortar y bordar para confeccionar disfraces.

Y eso demuestra que los gatos negros no traen mala suerte.

*

Si las nubes fueran de algodón, los gigantes las usarían para rellenar sus almohadas y dormir mejor. Porque todo el mundo sabe que cuando se acuestan, esos abominables desdichados apoyan sus cabezas en la piedra, y por eso descansan muy mal y son tan feroces.

Pero hasta hoy no pasa un día sin que un gigante se zampe a un hombre, como si fuera un maní o una aceituna, para aplacar por un rato su migraña y malhumor.

Y eso demuestra que las nubes no están hechas de algodón.

En la escuela primaria tuve dos compañer@s llamados Azul. Uno era varón y la otra, nena. (Al varón, para diferenciarlo, lo llamábamos Azulejo.)